viernes, 21 de febrero de 2014

La Narración. Construir un relato policial (9): Los tiempos verbales en la narración


Existen dos formas de contar, según se empleen unas u otras formas verbales:
                -La más habitual es en pasado (así están contados todos los relatos de la antología). En este caso se adopta una perspectiva de alejamiento de los hechos que se narran, han sucedido ya y sólo queda contarlos. Los tiempos verbales que se emplean son: pretérito perfecto simple, imperfecto, pluscuamperfecto, condicional simple y compuesto (las formas del subjuntivo serán las que exijan el verbo principal en indicativo). Las formas más usadas son el perfecto simple (que señala los hechos puntuales, los acontecimientos que constituyen el hilo de la acción) y el imperfecto (con el que se señalan las circunstancias que rodean a esos hechos).
 
Spade se dirigió hacia la puerta por la que ambos habían salido y, desde el umbral, se puso a escuchar. El ruido de los pasos se había desvanecido. Reinaba un silencio obsoluto. Espade permanecía aún allí, con la mirada de sus ojos grises perdida en el vacío, cuando oyó un grito. Era un grito de mujer, un agudo grito de terror. Espade cruzó el umbral y entonces sonó un tiro. Era un disparo de pistola, cuyo eco resonó por las paredes y techos.
A pocos metros del umbral, Spade encontró un escalera por la que subió saltando los peldaños de tres en tres. Al llegar arriba gró hacia la izquierda. Una mujer yacía de espaldas en medio del pasillo.
Sólo pueden ahorcarle una vez. Dashiell Hammett.

                 -Cuando se quiere acercar más la acción al lector, hacer que participe más y se implique en el relato, se emplea la narración en presente. Las formas usadas entonces son: el presente, el perfecto compuesto (present perfect), y los futuros perfecto e imperfecto.
Ha sido cerca ya de los invernales, en la cumbre de la collada que remonta el camino antes de dar vista al valle, cuando he escuchado los disparos. Una ráfaga seca, cortada, primero. Y, luego, apagándola, el estruen­do simultáneo y violento de varias armas.             
Instintivamente me he arrojado fuera del camino, sobre un charco. Me quedo inmóvil unos segundos, como una culebra, con la metralleta empuñada y la cara aplas­tada contra el barro. Me arrastro hasta un matorral. Es­cucho nuevamente: los disparos se oyen nítidos, cerca­nos: en los invernales.          
La imagen de Ramiro devorado por la fiebre se clava en mi memoria mientras corro collada arriba entre los tojos mojados que se apartan, silenciosos, a mi paso.
He llegado muy tarde, sin embargo. Hubiera llegado tar­de de todos modos por mucho que corriera. Un hom­bre solo, con una metralleta y dos bombas de mano, ninguna resistencia podría oponer a los numerosos guar­dias que en estos momentos rodean el invernal de Tina. Un hombre solo, con una metralleta y dos bombas de mano, lo único que ahora puede hacer es asistir como un testigo mudo, agazapado entre los tojos, al dantesco espectáculo que ahí abajo, en el valle, se está desarro­llando: las vigas del tejado, la puerta y los postigos, la hierba almacenada en el establo, el invernal entero arde en medio de la noche convertido en una enorme pira. Llamas rojas, violetas, amarillas, muerden con rabia las muros de piedra y las pizarras, extienden a los árboles cercanos, se alzan por encima del teja­do convirtiendo la bóveda del cielo en una gigantesca fundición. Y una densa columna de humo negro se fun­de con la noche ofreciendo a un dios bárbaro e impasi­ble el bramido brutal de las vacas abrasadas.
Los guardias han dejado de disparar. Seguramente aguardan, desplegados por las brañas, la irrupción deses­perada de Ramiro y -pensarán también- la mía. Pero pasan los segundos, lentos, interminables, y el angustio­so mutismo del invernal reaviva en mi corazón la llama de la esperanza: quizá Ramiro y Tina lograron huir a tiempo y ahora contemplan desde el monte, como yo, el incendio y el cerco de los guardias.




De pronto, sin embargo, dos disparos de pistola re­tumban dentro del invernal. Secos. Inequívocos. Breve­mente aislados entre sí.
Casi a continuación, el tejado se desploma envuelto en llamas.
Luna de lobos. Julio Llamazares.
 

Pues bien, ahora ya tienes que ser consciente de la utilización de las formas verbales, no se puede cambiar de pasado a presente caprichosamente (o por descuido), sino que debe estar justificado.
Escribe otra secuencia completa de tu relato con el tiempo verbal elegido. Sé coherente con él durante toda narración

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Quiénes somos

Éste es el blog del Departamento de Lengua del IES Manuel Gutiérrez Aragón de Viérnoles (Cantabria). Con este título queremos hacer un homenaje a Rafael Barrett, escritor contemporáneo a la Generación del 98, nacido en Torrelavega, muy poco conocido en nuestro país pero una figura fundamental en la literatura y la cultura de Sudamérica, especialmente en Paraguay, país donde vivió intensamente y escribió lo mejor de su obra. Comprometido con su tiempo, Mirando vivir es el título con el que se publicaron sus artículos periodísticos en 1912. Mirar la vida es, precisamente, la función de la escritura literaria, que observa, analiza con una mirada especial la vida de los seres humanos. Barret -ingeniero, matemático, periodista, narrador, ensayista- fue un anarquista no violento que jugó siempre la carta de los perdedores y denunció las raíces de los males sociales. En 2010 se cumplen cien años de su muerte, un buen pretexto para recuperarlo.